Por Miguel Duranti [1]
El capitalismo tiende al monopolio. Todos parecemos saber eso
porque así nos fue enseñado. Además, ya sea que se crea o no en esta supuesta
tendencia general del mercado dejado a su libre marcha, también se suele pensar
que es una función del Estado intervenir activamente cada vez que una empresa
alcance un determinado tamaño o que concentre una ¨desmedida¨ porción de su
mercado. En lo que sigue indicaremos simplemente algunos argumentos en contra
de estas ideas sin intentar agotar el tema
[2]
.
Es casi inevitable notar en cualquier discusión poco sofisticada sobre la
cuestión del monopolio la manera en la cual se tiende a tomar el término como
si fuese un término primitivo, evidente por sí mismo. Todos creemos entender de
qué se nos está hablando cuando se menciona a ¨los monopolios¨ y las
discusiones viran rápidamente hacia las medidas políticas específicas que debemos aplicar a tal(es) o cual(es)
¨monopolio(s)¨. Yo mismo en el curso de este capítulo
me he permitido mencionar el término unas cuantas veces, aprovechándome de esta
pre‐comprensión del término generalizada. El asunto sin embargo no admite
más demoras. En lo que sigue exploraremos varias definiciones posibles. Nos
ocuparemos de tres posibilidades.
Una primera versión define monopolio como el único vendedor de un
bien determinado. Esta definición según me parece es la idea general que se
encuentra en la mente de la mayoría de la gente. Se trata ciertamente de una
definición plausible, pero tiene el problema de ser demasiado amplia al hacer
de cada persona sobre la Tierra un monopolista.
Siempre que haya alguna diferenciación entre cualquier servicio o producto, el
productor individual sería en tal caso un monopolista. De este modo el abogado Johnnie Cochran sería un
monopolista de los servicios legales de Johnnie Cochran y el propietario del Empire State un monopolista de los alquileres de su
edificio. Algo similar sucede con cualquier otro bien (madera, carne, leche,
petróleo, etc.) no importa que tan indiferenciado creamos que sea.
[3]
Una segunda definición más sofisticada no habla ya de ¨monopolio¨
a secas, sino que se refiere a ¨precios de monopolio¨. La idea se comprende
fácilmente. Ilustrémosla con un ejemplo hipotético. Supongamos un precio X. A
dicho precio se venden 100 unidades de un determinado bien, el cual es
producido, como en la definición anterior, por una única empresa. Supongamos
entonces que dicha empresa puede obtener mayores ganancias vendiendo 70
unidades del bien, pero a un precio mayor, digamos X+3. Cuando se dan este tipo
de casos, es decir cuando el productor puede incrementar sus ingresos
restringiendo sus ventas o produciendo menos estamos ante un precio de
monopolio. En nuestro ejemplo X+3 es el precio de monopolio, mientras que X
sería el precio competitivo
[4]
.
Se supone que esto es malo porque se piensa que la empresa podría aislarse del
control de los consumidores, al ser libre de formar su propio precio. Pero, en
cualquier caso, el punto central aquí, a efectos de diseñar una política
antimonopolios, es que sería posible identificar sin grandes dificultades
cuando un productor está restringiendo sus ventas y obteniendo mayores
ganancias en el proceso. Esto de por sí es una falacia. Es imposible saber,
tanto para el productor supuestamente monopolista como para cualquier observador
externo, cuando el precio que se da en un determinado momento y lugar
constituye un precio de monopolio, un precio competitivo o un precio subcompetitivo. A menos que estemos en condiciones de
observar simultáneamente toda la información relevante dentro de una economía,
no podremos decir si el nuevo precio al cual vende es un precio de monopolio
[5]
.
Igualmente posible es, aunque no haya manera de saberlo realmente, que el
productor se esté moviendo de un precio subcompetitivo a uno competitivo. Si el empresario individual restringe su producción,
ciertamente lo hace porque espera obtener mayores ganancias a futuro. Al
restringir su producción está liberando recursos que puede ahora emplear en
otras áreas, dónde estima que hay necesidades insatisfechas más urgentes de los
consumidores y puede haber una mayor ganancia. Si el mercado es libre lo que el
empresario está haciendo en este caso es competir, nada más
[6]
. Decir entonces que está
llevando adelante prácticas monopolistas no es más que un peligroso slogan que
habilita toda clase de discrecionalidades legales.
Aun así, podemos dar por buena la idea (neoclásica) de los precios
de monopolios y preguntarnos si los temidos males que se seguirían son
auténticos. Primero ¿podría acaso existir un mundo de precios de monopolio,
dirigiéndose el mercado libre por su propia mecánica a una situación de unas
pocas empresas formadoras de precio? La respuesta es un rotundo no. Si
enfocamos la cuestión por el lado de una industria monopolizada, sea a través
de una firma o de un cartel, esto queda muy claro. Como esta por hipótesis
obtiene precios de monopolio, la firma contrata menos factores no específicos
de producción: contrata menos trabajadores, alquila menos edificios, etc. Todos
estos factores liberados no pueden acumularse permanentemente y permanecer
ociosos. Tendrán que ser empleados por otras industrias y estas no pueden a su
vez ser monopolistas de precio
[7]
.
La cuestión enfocada desde el lado de la demanda del consumidor arroja el mismo
resultado. Los consumidores poseen una cierta cantidad limitada de dinero y
activos. Si gastan más dinero comprando el bien de la industria que vende a
precio de monopolio, tienen menos dinero para gastar en otros bienes. No pueden
gastar más dinero simultáneamente en todos los bienes y en consecuencia no
todos los precios pueden ser precios de monopolio
[8]
. En consecuencia, tanto
desde el lado de la oferta como desde el lado de la demanda, aún dentro del
marco de la teoría de los precios de monopolio, no podría surgir un mundo donde
todas o la mayoría de las industrias vendan a dichos precios. Pero tal vez se
podría pensar que pudieran aparecer espontáneamente precios de monopolio en
algunas industrias importantes. Esto tampoco puede ser así y quedará claro al
considerar los dos siguientes problemas.
Un segundo posible problema entonces con la obtención de un precio
de monopolio surge, paradójicamente, de una temida competencia ¨despiadada¨ por
parte de una firma grande. Una compañía grande podría vender a un precio
bastante bajo, aún a expensas de sufrir pérdidas considerables durante un
cierto período, forzando a otras firmas más pequeñas del mismo mercado, las
cuales supuestamente tienen una resistencia menor, a reducir sus precios
primero y subsecuentemente a abandonar el mercado. La empresa grande ahora
devenida monopolista (definición 1), restringe las ventas y establece un precio
de monopolio (definición 2). Ahora bien, este proceso es bastante costoso para
la gran empresa, dado que debe soportar pérdidas durante un cierto período. Es
cierto que tiene un mayor capital acumulado, pero por esto generalmente sus
costos fijos suelen ser mucho más altos, muchas veces hasta el punto de ir a la
quiebra en unas pocas semanas cuando las ventas disminuyen lo suficiente. La
empresa grande deberá estar bastante segura pues de ser capaz de establecer el
elevado precio que quiere obtener, antes de embarcarse en semejante estrategia
¨despiadada¨. Estos riesgos de por sí deberían hacernos dudar de que la
práctica pueda llegar a generalizarse. Sin embargo, el problema no se detiene
allí, ya que incluso suponiendo que la empresa llegase a obtener su precio de
monopolio luego de este largo y costoso proceso, nada puede prevenir, en el
mercado libre, que otros empresarios se dirijan al sector monopolizado
socavando las nuevas ganancias costosamente obtenidas por la gran empresa. Si
la firma recomienza entonces el proceso de competencia despiadada, intentando
sacar del mercado a estos nuevos empresarios, nos encontraríamos con la curiosa
consecuencia que los consumidores se encuentran recibiendo regalos más seguido
de lo que creemos
[9]
.
Dados estos problemas la forma en que la gran empresa tenderá a mantener a raya
su competencia, tanto actual como eventual, es vendiendo a precios bajos
siempre. Mas a esto no debemos temer.
Un tercer problema podría ahora no tanto venir de una competencia
despiadada sino de una colusión entre grandes empresas, las cuales se pondrían
de acuerdo para restringir la producción y subir los precios. Se trata del tan
temido problema del cartel. Primero el cartel está sujeto a la misma presión
desde afuera por parte de nuevos competidores, como lo está la firma
individual. De esta manera en la medida en que el cartel decida hacer uso de su
supuesta capacidad de cobrar un precio de monopolio, nuevos productores se
verán dirigidos hacia el sector cartelizado atraídos
por las mayores ganancias, incrementando la oferta y bajando los precios. Pero
además el cartel está sujeto también a una presión interna, la cual lo vuelve
particularmente inestable. Lo característico de un cartel de industrias es que
cada firma retiene su independencia, a diferencia de lo que ocurre en el caso
de una fusión. Bajo tal esquema, las empresas más eficientes que forman parte
de la agrupación y que suelen tener un apetito por expandir sus negocios, se
sentirán cada vez más atados por las cuotas impuestas y comenzarán a minar los
acuerdos de precios, ya sea incrementando la producción, bajando los precios o
ambos. El acuerdo no tardará en quebrarse por recriminaciones internas. Basta
con que una empresa se aparte y baje los precios para que las otras tengan que
seguir el mismo camino
[10]
.
Esto es lo que explica que el cartel de industrias, bajo el libre mercado, sea
un tipo de acuerdo inherentemente inestable. Si el arreglo cartelizado sirve durante algún tiempo, las compañías que lo conforman optarán por la
fusión en una única firma. Y acá es donde aparece el cuarto problema. ¿No
podría suceder quizás que todas las empresas de un país, o incluso del mundo,
se fusionasen en una sola gran empresa privada que lo produciría todo
[11]
?
Aún si tal cosa pudiese suceder, estaría sujeta a las presiones internas de
cualquier cartel que recién mencionamos. Tal vez se podría pensar por ejemplo
que un cartel universal de capital y tierra podría ¨explotar¨ a los
trabajadores pagándoles menos del valor marginal (descontado) que aportan al
producto final
[12]
.
Si tal fuera el caso aparecería una oportunidad obvia de beneficio para que
empresarios codiciosos contraten a los trabajadores por un salario mayor, quebrando
la gigantesca empresa por dentro y aproximando nuevamente el salario de los
trabajadores a su aporte marginal
[13]
.
Además, una operación de fusión a escala masiva como esta, incluso suponiendo
que de alguna manera todas las partes involucradas pudiesen ponerse de acuerdo
en la fusión, daría como resultado una empresa con costos fijos tan altos que
el más mínimo descenso temporario de las utilidades llevaría muy pronto a la
quiebra a toda la aventura. Además, respecto de este tema resta un asunto final
no menor.
Justo recién hemos
concedido argumentativamente que tal concentración de la economía podría
ocurrir bajo el libre mercado. Pero sin duda nos hemos apresurado,
porque en realidad es imposible que una situación tal pudiese surgir
espontáneamente. La razón se encuentra implícita en el análisis que realizamos
sobre el cálculo socialista en el capítulo anterior. Para entender esta
cuestión, consideremos el caso de la integración vertical. Véase la siguiente
ilustración tomada de Wikipedia:
Hay integración vertical entonces cuando una compañía (o varias
compañías bajo un propietario común), produce por sí misma no sólo una etapa de
producción, sino que integra etapas anteriores o posteriores antes de vender su
artículo a sus compradores. Como se ve en la figura, en el caso de los
fabricantes de autos este tipo de integración puede suceder hacia adelante, en
relación con la última etapa de producción antes de la venta final al
consumidor, hacia atrás, integrando la fabricación total o parcial de
autopartes, o bien en ambas direcciones. Lo que determina que una empresa
integre verticalmente etapas de este modo es, obviamente, que espera obtener
mayores ganancias a través de una mayor eficiencia. En otras palabras, la
empresa puede saber si ha incrementado su eficiencia o no porque puede calcular
sus pérdidas y ganancias. Y como ya sabemos esto sólo es posible por la
existencia de mercados. Las consecuencias de esto para el análisis de la
integración vertical y del monopolio (definiciones 1 y 2) son radicales.
Supongamos como en el caso ilustrado más arriba una compañía de
autos que integra verticalmente la 4ta. y 3ra. etapa. Se trataría de una etapa de fabricación del coche
terminado, 4ta. etapa, y de una subdivisión de la
firma, 3ra. etapa, encargada de la exportación a otro
país. La firma compra trabajo, factores de tierra y bienes de capital tanto en
la 5ta. como en la 4ta. etapa.
La firma hace por sí misma los bienes de capital de la 4ta. etapa y la subdivisión o compañía hermana los retira, los exporta y los vende al por
mayor en otros países. Para evaluar su rendimiento, la firma aplica el cálculo
de la siguiente forma. Asume que se vende a sí misma los autos terminados y
debe separar su ingreso neto en la 4ta. etapa, de su
rol como productor de servicios de intermediación y transporte en la 3ra.
Calcula su ingreso neto por cada rama de su compañía y relocaliza sus recursos
según las ganancias o pérdidas a cada nivel. Lo importante es comprender que
puede realizar semejante cálculo interno porque puede referirse a un precio de
mercado explícito por los bienes que fabrica en la 4ta. etapa
[14]
.
Existe un precio para esos autos en esa etapa porque hay muchos compradores
horizontales encargados de la 3ra. etapa. En nuestro
ejemplo, habría entonces muchas compañías exportadoras/importadoras o
sustitutos cercanos. Veamos cómo funcionaría.
Imaginemos que cada etapa integrada por la empresa toma un año. Un
año para fabricar el coche, un coche muy complejo ciertamente, y otro año
transcurre desde que es transportado por la subdivisión exportadora hacia otro
país y almacenado en sus depósitos
[15]
hasta que finalmente es
vendido a un mayorista. Supongamos también que la tasa de interés anual general
es del 5% y que la firma compra todos los factores de producción que necesita para
fabricar el auto por U$ 100.000. La compañía hermana se lleva entonces el auto,
lo exporta, lo almacena y lo vende añadiendo un gasto total por su operación de
U$ 15.000. Transcurrido exactamente un año un mayorista lo compra pagando U$
140.000. Pareciera que el holding ha hecho un gran negocio, obteniendo U$
25.000 de ganancia neta. Pero es preciso mirar las cosas más cuidadosamente.
Supongamos que la empresa de autos hubiese vendido su auto
terminado a otra compañía exportadora por U$ 103.000. Ese es el precio de venta
de su artículo terminado en esa etapa. En tal caso hubiese tenido un retorno
del 3% sobre su inversión. Pero dado que la tasa de interés es del 5% en
realidad la compañía tuvo un 2% de pérdida por su operación en esa etapa. Al
mismo tiempo, la subdivisión hermana no debe emplear en sus cómputos un precio
de U$ 100.000, sino de U$ 103.000. Este es el precio implícito al que ¨compró¨
el auto, pues es el precio al que lo conseguiría una compañía exportadora
independiente. Luego debe adicionar en su cálculo los U$ 15.000 de gasto que
realiza por su actividad mercantil. De este modo vemos que el total de gasto
incurrido por la gran compañía fue de U$ 118.000 (103.000+15.000). Al vender
finalmente el auto por U$ 140.000, los U$ 22.000 de ganancia obtenidos deben
imputarse de la siguiente manera. U$ 5.900, o sea el 5% de U$ 118.000, se
imputan al interés y los restantes U$ 16.100 son ganancia empresarial obtenida
en la 3ra. etapa al vender los autos al mayorista.
Como podemos observar en este ejemplo la ganancia por la operación completa
proviene por los servicios de intermediación realizados por la subsidiaria
importadora/exportadora, ya que su operación de fabricación le reporta un 2% de
pérdida. Sabiendo esto la empresa reacomodará sus operaciones, o bien
volviéndose más eficiente a nivel de la fabricación o bien descartando la
actividad por completo, vendiendo sus activos y concentrándose en su función
más eficiente.
Como debería haber claro ahora, la razón por la cual se pueden
tomar decisiones de este calibre con eficiencia es porque hay un mercado
externo para el auto, en el cual su precio es de U$ 103.000. Si ese mercado no existiera
y en consecuencia no existiera tal precio, la empresa no podría estimar
racionalmente los costos de oportunidad involucrados en concentrar sus
operaciones respecto de fabricar el auto y venderlo directamente a una
exportadora independiente. Además, no alcanza con esto. Es preciso que exista
también un mercado independiente de crédito respecto del cual se pueda estimar
una tasa de interés general para la economía.
Lo relevante de todo esto para la cuestión del monopolio, es que
siempre debe haber un mercado en el cual firmas independientes compren y vendan
artículos intermedios para que pueda haber cálculo económico eficiente. El
mercado libre coloca pues límites precisos últimos al tamaño de la firma: el
límite de la calculabilidad. Es ciertamente posible
que bajo otros supuestos numéricos una empresa pueda eficientemente integrar
verticalmente dos o más etapas del proceso productivo, teniendo una posición
predominante en el mercado. Como diremos un poco más adelante, esta debe ser
una situación bienvenida puesto que significa que los consumidores están siendo
servidos de la mejor manera posible en esa circunstancia. Pero, primero, es muy
difícil que la concentración vertical avance por completo a través de las
miles de etapas productivas de una economía real. Esto es así porque a medida
que se avanza en la integración vertical más y más precios implícitos deben ser
tenidos en cuenta y esto le añade mayor complejidad a cada paso al cálculo del
cuadro de resultados que la ahora súper compañía debe realizar. Y, segundo, es imposible que una gran empresa pueda avanzar horizontalmente de manera indefinida,
porque a medida que elimina mercados independientes para sus productos
intermedios, no podría calcular los rendimientos de sus etapas y operando a
ciegas la empresa pronto se vería dilapidando capital sistemáticamente. De este
modo vemos que la integración completa de toda una economía en una sola empresa
gigante es imposible y nunca sería el arreglo escogido en el mercado libre que
siempre tiende a seleccionar los métodos de producción más eficientes. La
fuerza de esta ley se impone a medida que la concentración de la economía
avanza y comienzan a manifestarse islas de caos calculacional y las estimaciones de rendimiento se dificultan más y más
[16]
.
Todo esto no quiere decir menos que la economía no puede
concentrarse en manos de un único agente
[17]
. Por supuesto este fue todo
el tema del socialismo que tratamos en el capítulo 1. Allí la definición de
socialismo que empleamos fue aquella usada en gran parte de la tradición
socialista: estatización de los medios de producción. Es contra esta concepción
que reacciona Mises. Ahora nos vemos llevados a modificar la definición. Como
el mercado libre no establecería espontáneamente una sola empresa que concentre
toda la actividad económica puesto que llevaría a una situación de
imposibilidad de cálculo económico, irracionalidad masiva y completa barbarización de la sociedad, tal situación sólo puede
erigirse por la fuerza. Aunque hemos seguido una argumentación algo diferente,
deberemos no obstante seguir en esto una definición similar a la empleada por
Jesús Huerta de Soto para quien el socialismo es un sistema de agresión
institucional sistemática contra la acción humana en general y contra la
función empresarial en particular
[18]
. Al destacar el uso
generalizado de la fuerza como característica definitoria del socialismo
podemos ahora pasar a la tercera definición posible de monopolio. Podrá
apreciarse por qué esta tercera posibilidad queda excluida del mercado, aunque
sea sólo porque constituye la regla bajo el socialismo.
En base a las dos definiciones anteriores concluimos pues que no
puede existir problema alguno del monopolio bajo el libre mercado. Tampoco
debemos temer a ser ¨dominados¨ por una sola o unas pocas empresas gigantescas.
Y aun así el problema del monopolio existe. Llegó la hora de hablar de la
tercera definición. Según esta un monopolio es una concesión exclusiva brindada
a un productor o grupo de productores, garantizada mediante la expulsión forzosa
de otros competidores. La institución por excelencia que realiza esta acción es
el Estado
[19]
.
En realidad, el Estado, según ya hemos dejado indicado en la introducción, es
en sí mismo un monopolio, por lo menos sobre las funciones de justicia y
seguridad. Sobre estos servicios el Estado excluye violentamente a sus
competidores o decide mediante amenazas en qué condiciones deberán ofrecer sus
servicios los competidores potenciales. Esta definición de monopolio es acotada
y correcta. Sin embargo, no se trata de un fenómeno de mercado. Cada vez
que aparece un monopolio de este estilo, una perspectiva comprometida con el
libre mercado debe señalar este hecho y bregar por la desaparición del
privilegio Estatal. Debe recordar a su audiencia que todas las consecuencias
del precio de monopolio que la teoría neoclásica describe se aplican solamente
bajo esta última definición. El resultado universal de cualquier barrera
artificial a la libre entrada es siempre una vulneración de la mejor
satisfacción de las necesidades de los consumidores. En todo contexto de
monopolio pueden esperarse todas las consecuencias de una Restricción
Presupuestaria Suave, con los intereses de los productores virando hacia la
política en vez de la competencia por el favor de los consumidores. Puede
esperarse entonces lo que de hecho siempre sucede: un aumento seguro de los
precios
[20]
,
una disminución permanente de la calidad y un alto a la innovación.
Estamos en condiciones ahora de entender la acción de las grandes
empresas, en un contexto dónde el Estado tiene el poder de otorgar licencias,
patentes, colocar aranceles a la importación o cualquier otra barrera a la
libre entrada de competidores. Las empresas siempre tenderán a buscar el favor
Estatal, porque excluir competidores es la única forma de mantener beneficios
adicionales, superiores a los que existen en sectores donde la competencia es
más encarnizada. Por ejemplo, los carteles que bajo un mercado libre son
inherentemente inestables, se volverán estables en un contexto en el cual el
Estado otorga privilegios. Dado que el Estado mediante diversas medidas excluye
potenciales competidores nuevos, el cartel no posee presiones externas que
tiendan a su desmembramiento. En este contexto además las empresas más
eficientes dentro del cartel, la cuales bajo un mercado libre tienen todos los
motivos para separarse y seguir su propio camino, ahora o directamente no
podrán hacerlo o si pueden tendrá que ser a costos bastante más altos y con
incertidumbre acerca de si podrán mantener el favor estatal, por lo que
tenderán a preferir mantenerse bajo el manto protector del Estado.
Finalmente queda la cuestión de las medidas antimonopolio. Como
están dirigidas a solucionar un problema inexistente, las disposiciones son
como mínimo completamente innecesarias. El costo de la burocracia para ejecutar
las políticas debería ser un disuasor suficiente
respecto de su puesta en práctica. Empero como sucede tan a menudo con los mandatos
del Gobierno, estas normas producen el efecto opuesto. Las leyes antimonopólicas en realidad promueven los monopolios
(definición 3), porque colocan barreras artificiales a la competencia.
Cualquier criterio que se emplee para decidir cuando una empresa o grupo de
empresas debe ser dividida con el efecto de preservar la competencia daña la
competencia misma porque dificulta o impide la libre entrada, y la competencia
es solamente la libre entrada. No hace falta que se cumpla ninguna condición
adicional y ninguna otra condición puede producirla. Se trata pues de una
condición necesaria y suficiente. De este modo no importa aquello que la ley
antimonopolio emplee como criterio para disgregar a una compañía: tamaño de la
firma, ¨porcentaje¨ del mercado, vender a un precio ¨demasiado alto¨,
¨demasiado bajo¨ o igual, ¨cercanía¨ de substitutos, fusión ¨acaparadora¨ que
disminuye substancialmente la competencia, etc. Como dice Murray Rothbard, criterios como estos suponen en el fondo que el
mercado es una especie de cantidad. Pero no lo es. El mercado es un proceso, no
una magnitud fija
[21]
,
en el cual empresarios ávidos de beneficios se ven obligados a descubrir cómo
hacer el mejor uso del conocimiento disperso en la sociedad para mejor
satisfacer las necesidades de los consumidores. Disgregar a una empresa cuando
alcanza un determinado tamaño, solo perjudica a los consumidores que tendrán
que aceptar lo que empresas más ineficientes les vendan al precio que se les
venda ya que, al ponerle un techo al tamaño, desalienta la entrada de nuevos
competidores. Por más que inicialmente la posición de las grandes empresas que
ya están establecidas sea temporalmente afectada, las nuevas empresas que
aparecerán como efecto de la división sabrán que no tendrán mucho que temer por
parte de ningún empresario demasiado ambicioso
[22]
. Sólo hay una manera de
saber cuándo una firma ha alcanzado un tamaño demasiado grande: cuando comience
a generar pérdidas en un mercado libre. La posibilidad de que aparezca una sola
gran empresa en algún sector es pues una posibilidad que deberíamos dejar
abierta y abrazar. Quiere decir que esta ha prevalecido sobre todos sus
rivales. Quiere decir que en esa circunstancia los consumidores están siendo
servidos de la mejor manera que fue posible descubrir, a través del mejor
mecanismo de descubrimiento conocido para estas cuestiones. No significa de
ninguna manera que esa gran empresa se haya substraído a la competencia. En
tanto haya libertad de entrada siempre se encuentra en competencia y puede perder
su posición predominante en cualquier momento
[23]
. Nada debemos temer
entonces del monopolio definición 1 y 2. Temamos primero al Estado, Monopolio
definición 3, y segundo a los Monopolios que alimenta. Se justifica en
consecuencia la mayúscula que hasta ahora sólo reservábamos para el Estado.
[1]
Licenciado en Filosofía
(UBA). Autor del libro Razones Para El Capitalismo, editado por el Instituto Acton Argentina, ediciones
Cooperativas, Bs. As. 2019 (Este texto
pertenece al capítulo 2, punto 3 de dicho libro). Sus
temas de investigación son la filosofía política libertaria contemporánea y la
Escuela Austríaca de economía. Profesor
de Filosofía de la Ciencia en Universidad de las Hespérides. También fue
profesor de Filosofía en la Universidad CAECE y en la Universidad Nacional de
Lomas de Zamora y profesor adjunto de Pensamiento Económico y Ética en la
Universidad Abierta Interamericana.
[2]
Para un análisis más detallado véase por Murray Rothbard, Man, Economy and State, op. cit., capítulo 10, “Monopoly and Competition”. En gran medida seguimos aquí sus
razonamientos.
[3]
Rothbard, Man, Economy and State, op. cit., p. 665‐668
[4]
Hay precio de monopolio
cuando se cumplen dos condiciones. Primero la empresa debe de hecho ser el
único productor del bien (definición 1) y segundo la curva de demanda del bien
debe ser inelástica por encima del precio de equilibrio.
[5]
Gracias a la discusión
del capítulo anterior sabemos que esto no es posible.
[6]
Rothbard, Man, Economy and State, op. cit., pp. 687‐695.
[7]
Idem, p. 680. ¨It is evidently impossible to conceive a world of monopoly prices, because this would imply a pilling up of unused nonspecific factors. Since wants do not remain unfulfilled, labor and other nonspecific factors will be used somewhere, and the industries that require more factors and produce more cannot be monopoly‐price industries. Their prices will be below the competitive price level. ¨ Cursivas del
autor.
[8]
Idem, pp. 680‐681.
[9]
Idem, pp. 683‐684. Al
parecer una muy temida posibilidad mediante la cual la empresa grande podría
ahorrarse el proceso de recomenzar la competencia despiadada ante la entrada de
nuevos rivales es directamente comprar sus emprendimientos. Esto es de por sí
bastante costoso. Las nuevas empresas viendo el interés de compra podrían
demandar precios prohibitivamente altos. Además, cualquier intento por parte de
la empresa grande de recuperar sus pérdidas cobrando un precio de monopolio,
seguiría atrayendo nuevos rivales y el proceso tendría que recomenzar. Comprar
competidores es por lo tanto un proceso tan o más costoso como la tan temida
competencia despiadada. Ver Rothbard, Ídem, pp.
685‐686.
[10]
Ídem, p. 652.
[11]
¿No es este el curso
natural del capitalismo según nos fuera explicado en nuestras escuelas?
[12]
Doctrina muy similar al
marxismo.
[13]
Rothbard, Man, Economy and State, op. cit., pp. 660‐661.
[14]
Idem, p. 611: ¨In other words, a firm can accurately estimate the profit or loss it makes in a stage of its enterprise only by finding out the implicit price of its internal product, and it can do this only if an external market price for that product is established elsewhere. ¨
[15]
Esto último sería
técnicamente otra etapa del proceso productivo que también es integrado. Aquí
estamos simplificando. En una economía real las etapas que llevan un bien desde
sus factores originarios naturales hasta el producto terminado listo para el
consumidor en el mostrador rondan el número de, por lo menos, miles. Además, el
avance de la división del trabajo implica que cada etapa se va subdividiendo en
más y más etapas cada vez más especializadas.
[16]
Rothbard, Man, Economy and State, op. cit., pp. 613‐614. En rigor lo que el Estado hace
al intervenir siempre distorsiona los precios relativos y dificulta el cálculo
económico para los agentes involucrados. Esta es una conclusión que Mises en su
artículo original de 1920 ya había destacado:¨Every step that takes us away from prívate ownership of the means of production and from the use of money also takes us away from rational economics¨ (op. cit., p. 13). Véase tambien Peter Boettke y Christopher Coyne, The Forgotten Contribution: Murray Rothbard on Socialism in Theory and in Practice, The Quarterly Journal of Austrian Economics,
vol. 7, n. 2 (2004), pp. 71-89.
[17]
Idem, p. 615.
[18]
Jesús Huerta de Soto, Socialismo,
Cálculo Económico y Función Empresarial, op.
Cit., pp. 25‐26 y 87‐95.
[19]
Aunque un grupo privado
podría también ejercer esta actividad, si bien de un modo más difuso y menos
dañino.
[20]
Reiteramos que en este
capítulo hemos excluido la inflación del análisis, pero digamos solamente que,
en un contexto de inflación artificial de la oferta monetaria, el aumento de
precios en el sector monopolizado no sólo es seguro, sino constante y más que
proporcional al que existe respecto de precios dónde hay una mayor competencia.
[21]
Power and Market, op. cit., p. 1118.
[22]
La obra de referencia
obligada en materia de leyes antimonopolio y sus efectos contraproducentes
sigue siendo la de Dominick T. Armentano, Antitrust and Monopoly. Analisys of a Policy Failure, Independent Institute, Oakland, 1990. Véase también Dominick Armentano, Antitrust: the case for repeal, Mises Institute,
Auburn, 2007.
[23]
Las consideraciones que
aquí realizamos sugieren que muy seguramente este habrá de ser el caso,
perdiendo su posición ante competidores atraídos por las mayores ganancias del
sector. Pero, aunque no fuera el caso no es motivo de preocupación que una
empresa mantuviera su posición predominante siempre y cuando el mercado sea
libre.