Titulo: LA CLARIDAD EN LOS ESCRITOS JURÍDICOS
Autor: Martín López Olaciregui
Páginas: 122 a 128
Edición: Diciembre 2014. Tomo 74. Nro. 2
Existe actualmente un movimiento internacional que propicia el plain language (lenguaje claro). Por cierto, la idea no es nueva, pero es muy importante que se promueva, se difunda y se adopte. Y digo que no es nueva, porque desde muy antiguo personajes históricos ilustres exaltaron la claridad y la sencillez en el lenguaje.

Así, en la Grecia clásica, Esquilo, el gran autor de tragedias, dijo que "La palabra de la verdad es siempre sencilla". Y Quintiliano -orador, abogado y educador romano del siglo I d.C.- aconsejó lo siguiente: "Al escribir, proponte no que alguien te pueda entender, sino que nadie te pueda dejar de entender".

Mucho más cerca en el tiempo, y en nuestro país, otros hombres han hecho reflexiones parecidas. Arturo Jauretche solía decir que si le explicaban algo y no lo entendía, siendo él una persona inteligente y preparada, era porque su interlocutor estaba macaneando, o por-que lo quería engrupir.

Borges decía que él trataba de escribir ..."de un modo comprensible", porque no creía que ..."la confusión sea un mérito". Y agregaba que el tiempo le había enseñado a "...preferir las palabras habituales a las palabras asombrosas". También dijo Borges: "¡Qué bien me siento al hablar con gente que expresa con sencillez y claridad sus ideas, sin apelar a rebuscamientos abrumadores!"

La claridad en la escritura siempre es mejor, cualquiera sea el tema sobre el que se escriba. Pongamos, por caso, las obras de filosofía. Descartes, Kant y Hegel fueron grandes cumbres del pensamiento filosófico moderno, pero hay una notable diferencia entre ellos. Descartes escribía en forma simple, amena y comprensible; Kant y Hegel no sólo elaboraron teorías casi imposibles de entender, sino que, además, las escribieron de una forma casi imposible de leer. Sin duda, fueron grandes genios, pero creo que lo habrían sido mucho más si se hubieran tomado el trabajo de ser más claros.

También en el terreno de la literatura hay autores notables que escriben de una forma incomprensible. Pongamos, por caso, James Joyce y Samuel Beckett. Casi nadie se anima a leer el Ulises de Joyce, y los que lo han intentado han abandonado a la tercera o cuarta página. Esperando a Godot, de Beckett, puede superar la tolerancia del más paciente, ya que es un texto indescifrable y fuera del alcance del gran público e, incluso, del de una persona medianamente culta. Cabe preguntarse de qué nos sirven estas obras a los simples mortales, si no podemos entender qué es lo que el autor nos quiere decir.

Por cierto, hay muchas excepciones; es decir, grandes obras literarias entretenidas y que se entienden perfectamente. Por ejemplo: casi todos los libros de Gabriel García Márquez; los poemas y algunos cuentos de Borges; Misteriosa Buenos Aires y Bomarzo, de Manuel Mujica Láinez; El nombre de la rosa, de Umberto Eco; La insoportable levedad del ser y La vida está en otra parte, de Milan Kundera; La tregua, de Mario Benedetti; las Crónicas del ángel gris, de Alejandro Dolina; etc. La claridad en la escritura también es un arte; y no fácil, por cierto.

Lo mismo pasa con la poesía. Hay poemas ininteligibles, en los que uno no sabe si está ante una creación excelsa, o si el autor ha juntado palabras y versos arbitrariamente y sin ton ni son; una buena muestra de esto son la mayoría de los poemas que salen en los suplementos literarios de los diarios.

Ahora bien, la literatura no persigue estrictamente un fin práctico. Si el lector comprende un texto literario, bien; si no, mala suerte, para el lector y para el autor. Pero la cuestión es distinta cuando es necesario que se comunique algo a alguien, lo que ocurre casi siempre en los textos científicos y técnicos.

Es por ello que esos escritos deberían ser claros y accesibles. Sin embargo, la mayoría de los profesionales y de los especialistas en lo que sea (abogados, médicos, economistas, filósofos, psicólogos, etc.; y ni hablar de los mecánicos de automóviles) veneran sus

palabras técnicas, su lenguaje hermético y críptico y la jerga propia de su disciplina o de su oficio; más aún, parecería que sienten una suerte de feliz regodeo en expresarse de esa manera.

En este punto me viene a la memoria un libro de un ex presidente argentino, en el que el autor anunciaba que iba a referirse a un determinado tema económico, y añadía que él podía explicarlo de manera que se entendiera, porque tenía la ventaja de no ser economista.

Aquí viene a cuento una anécdota personal. Cierta vez un médico me dijo que tenía que hacerme una punción de tiroides. Le pregunté si me iba a doler, a lo que me respondió: no es traumático. Repetí mi pregunta dos veces y obtuve otras dos veces la misma respuesta. ¿Por qué no podía decirme si me iba a doler o no? ¿Qué significa no es traumático?

¿Por qué ocurre esto? Yo creo que por una creencia generalizada de que si no se habla o se escribe en difícil, lo que se dice no es importante; y también creo que se habla o se escribe así para evidenciar que se posee un saber inaccesible al resto de los mortales, y que, por eso, se es superior a ellos. Vicente Muleiro se refiere a este tipo de personas cuando habla ..."del engolado que exhibe códigos secretos más para frotar su imagen contra los otros que para comunicar su saber".

Es cierto que los conocimientos científicos y técnicos no son fáciles, pero también lo es que si se comunican con sencillez y lenguaje común pueden ser entendidos por casi todos. Cierta vez escuché un reportaje radial que Héctor Larrea le hizo a una médica, quien explicó una cuestión compleja de su especialidad de una forma tan llana y fácil, que Larrea calificó esta actitud como una cortesía de la inteligencia. No sé si la expresión era de su propia cosecha, pero me pareció excelente.

Ahora bien, el tema de este trabajo es la claridad en los escritos jurídicos. En esta cuestión nos encontramos con un antecedente cercano del plain language en nuestro país: el Manual de estilo de la Procuración del Tesoro de la Nación, publicado en 1998 gracias a una

brillante iniciativa del doctor Rodolfo Alejandro Díaz, ex Procurador del Tesoro de la Nación. Ya en su primera página, el mencionado manual revela que su idea central es, justamente, la claridad en la escritura, y que el estilo que propicia es el estilo claro.

Al igual que en otras ciencias y técnicas, los textos jurídicos tienen una finalidad concreta: comunicar algo a alguien para obtener un resultado práctico. En efecto, un escrito en un juicio está dirigido a un juez; un dictamen, a la autoridad que tiene que resolver un caso; una sentencia, a las partes en un litigio, y a quienes consulten la jurisprudencia; un libro o un artículo de doctrina, a colegas o a estudiantes; una norma jurídica, a todos los alcanzados por ella, a los abogados, y a los jueces que tienen que aplicarla; etc. (Dicho sea de paso, ¡qué mal escritas están la mayoría de las normas jurídicas!). Se trata, entonces, de escribir para ganar un juicio, para asesorar a un funcionario, para resolver un pleito judicial, para sentar jurisprudencia, para enseñar, para legislar, etc.

Por consiguiente, es fundamental que el destinatario de un texto jurídico pueda comprenderlo; y, para que pueda comprenderlo, debe ser claro. O sea, que hay que escribir poniéndose en el lugar del destinatario. Si uno lee un párrafo, e inmediatamente intenta explicar o reproducir con sus propias palabras lo que leyó y no puede, es porque lo que leyó es confuso.

Para que un escrito sea claro es preciso usar un lenguaje llano, sencillo, directo y conciso (v. Manual de estilo de la Procuración del Tesoro de la Nación, pág. 13). Inversamente, hay una serie de modalidades que deben evitarse: no hay que abusar de la jerga técnica y de los latinazgos, y hay que desterrar los circunloquios, las repeticiones prescindibles, las expresiones ampulosas, las construcciones sintácticas indirectas, la redacción alambicada y barroca, y los giros sobreabundantes y rebuscados. Y, como apunta Javier Clavell Borrás, siempre debe preferirse ..."la palabra o expresión común a la inusual".

Todos estos son vicios muy arraigados en el lenguaje jurídico, y la pregunta que surge es: si no se habla así, ¿por qué se escribe así?

¿Por qué no se puede escribir más cerca del lenguaje común? ¿Por qué lo escrito tiene que ser solemne y acartonado?

Muchas veces, cuando tenemos que resolver un problema jurídico complicado, lo consultamos con nuestros colegas. Se lo planteamos de forma simple y directa, y recibimos razonamientos y comentarios expresados de la misma manera. Supongamos que con esa ayuda encontramos la solución. Ahora sólo falta escribirla. ¿Y qué hacemos? Pues, lo que conversamos coloquialmente lo traducimos al lenguaje escrito, con lo cual la claridad que habíamos encontrado en la confrontación de ideas la perdemos en el papel. ¿Por qué lo hacemos? Porque seguimos acríticamente un hábito al que estamos absurdamente apegados, cual es el de escribir innecesaria e injustificadamente con un estilo rimbobante y pomposo. No quiero decir con esto que hay que escribir exactamente igual que como se habla, pero sí que hay que acortar la distancia abismal que existe entre el lenguaje oral y el escrito. Los destinatarios nos lo van a agradecer.

Por otra parte, los escritos jurídicos no tienen por qué ser obras literarias. Tienen que ser útiles, porque ésa es su función primordial; no es necesario que sean bellos, aunque nada obsta a que lo sean, siempre y cuando la estética no conspire contra la claridad. Al respecto, el Manual de estilo de la Procuración del Tesoro de la Nación indica que pueden ...repetirse palabras en la misma oración o en oraciones contiguas, cuando su reemplazo por un sinónimo afecte la claridad o la precisión del texto. (pág. 13).

La claridad en la escritura exige también un pensamiento previo igualmente claro, mediante el cual se discierna previamente qué se quiere decir y cómo decirlo, a qué conclusión se quiere llegar, y cuáles son los pasos lógicos para arribar a ella. Lamentablemente, no todas las personas que piensan con claridad escriben claramente; pero, con seguridad, quien no piensa claramente no puede escribir con claridad. Como muy bien señala Luis Alberto Moglia, la claridad es uno de los atributos principales de la inteligencia.

Una cuestión estrechamente vinculada a la claridad es la extensión. El viejo y remanido aforismo de Gracián según el cual "Lo bueno, si breve, dos veces bueno" "es muy recordado, pero poco aplicado. En una escena de Hamlet, Polonio, el servil chambelán de la corte de Dinamarca, habla con el Rey y la Reina sobre la presunta locura del joven Hamlet. Shakespeare pone en boca de Polonio estas palabras: ..."como quiera que la brevedad es el alma del talento y la prolijidad sus miembros y atavíos exteriores, voy a ser breve. Vuestro noble hijo está loco, y le llamo loco porque, para definir la verdadera locura, ¿qué otra cosa es ella sino estar uno sencillamente loco?. La Reina va aún más allá cuando le contesta: Más sustancia y menos retórica".

Lejos de seguir estos sabios consejos, muchos abogados cultivan con fruición la manía de escribir piezas inútil e injustificadamente largas, llevados, quizás, por la falsa idea de que un escrito extenso, por el sólo hecho de serlo, es más importante. La capacidad de síntesis es, al igual que la claridad, un rasgo incuestionable de inteligencia. Es cierto que a veces no es posible, por la complejidad del asunto, escribir un texto breve; pero también lo es que es muy habitual que los escritos sean larguísimos sin razón alguna.

Y no sólo el escrito en su totalidad debe ser lo más breve posible. También deben serlo sus partes, lo que supone observar estas pautas: escribir párrafos cortos, no usar más palabras que las necesarias, preferir las construcciones más simples a las más complejas, no ir y volver sobre el mismo tema, y evitar repeticiones innecesarias. Esto mismo dice el lingüista Leonardo Gómez Torrego cuando aconseja ..."huir de los períodos excesivamente largos, desechar expresiones que nada añaden al contenido y procurar siempre utilizar, si es posible, una sola palabra en vez de un circunloquio sinónimo".

Por ejemplo, ¿por qué escribir "a los efectos de" o "con el objeto de" o "a los fines de" o "a fin de", si puede escribirse, sencillamente, para? Otro ejemplo: los dictámenes de la Procuración del Tesoro de la Nación solían comenzar con frases como ésta: Se remiten los

presentes actuados a esta Procuración del Tesoro de la Nación, en los que se solicita su dictamen sobre... El "Manual de Estilo de la Procuración del Tesoro de la Nación" propone esta otra introducción: "Se consulta a esta Procuración del Tesoro de la Nación acerca de"...(v. pág. 47). La diferencia es notoria y habla por sí sola.

Veamos más ejemplos, algunos de ellos tomados también del referido manual (v. pág. 14): es preferible escribir "aclarar", en vez de "efectuar una aclaración";"avisar", en vez de "dar raviso";"se efugó", en vez de "se dio a la fuga";"esta Procuración opinó que"..., en vez de "esta Procuración tuvo ocasión de opinar que"...; "tramita en el Juzgado"..., en vez de "tramita por ante el Juzgado"...; "posteriormente" o "después", en vez de "con posterioridad"; "antes" o "anteriormente", en vez de "con anterioridad"; "previamente", en vez de "con carácter previo"; "cumplir", en vez de "dar cumplimiento"; "autorizó", en vez de "otorgóóuna autorización"; "opino que"..., en vez de "es mi opinión que"... o "soy de opinión que"...; "advierto que"..., en vez de "no dejo de advertir que"...; "es", en vez de "resulta ser"; etc.

Pero puede suceder que sea imprescindible escribir un párrafo extenso. En ese caso, es preciso usar adecuada y correctamente los signos de puntuación, principalmente el punto y coma y el punto y seguido (v. Manual de estilo de la Procuración del Tesoro de la Nación, pág. 13).

Otro aporte interesantísimo del Manual de estilo de la Procuración del Tesoro de la Nación nen aras de la brevedad es el uso de lo que allí se denominan "enumeraciones" (v. págs. 29, 30 y 36), un recurso que es de gran ayuda para abreviar y simplificar la escritura.

Por ejemplo, cuando en un texto jurídico se reseña lo dicho por otro (un servicio jurídico en un dictamen, una parte en una sentencia, etc.), puede exponerse así: "La parte actora sostuvo que: a)... b)... c)..."

De esta manera se evita alargar el texto con frases como "La parte actora sostuvo que"... "Añadió luego que"... "Por otra parte, adujo que"..., etc.

La claridad también exige que el texto jurídico tenga ilación, palabra que significa "Acción y efecto de inferir una cosa de otra, trabazón razonable y ordenada de las partes de un discurso". Escribir con ilación implica, entonces, hacerlo encadenando los razonamientos de modo que se deduzcan en forma silogística unos de otros, y conduzcan, de manera coherente y progresiva, y por su propio peso, a la conclusión que se busca.

Por último, también es requisito de la escritura clara una organización adecuada del texto, sobre todo en los escritos largos. Para ello pueden usarse números (romanos y arábigos) y, de ser necesario, títulos y subtítulos.

Aquí termina esta nota sobre la claridad en los escritos jurídicos. No sé si es buena, mala o regular. Sólo espero que haya sido clara.